El Beit Hamikdash

Por Mendy Hecht

 

 

 

 

 

El “Santo Templo” — en hebreo, Beit Hamikdash -- era grande (aproximadamente del tamaño de un estadio de  fútbol profesional), era una estructura de múltiples niveles, con espacios cubiertos y al aire libre, era el núcleo del judaísmo, su sitio más sagrado. Estaba situado sobre el monte Moriah en Jerusalém.

El primer Beit Hamikdash fue construido por rey Solomon en el año 833 AEC y destruido por el rey babilónico Nebujadnetzar en el año 423 AEC. El segundo Beit Hamikdash fue terminado en el año 349 AEC por los judíos que retornaron del exilio persa, conducidos por Ezra y Nejemiah. En el año 37 EC, el rey Herodes culminó importantes renovaciones en el dilapidado templo, pero los ejércitos invasores del Imperio Romano lo destruyeron en el año 69 EC, dando comienzo al actual Galut (exilio).

Muy pocos datos arquitectónicos sobre el primer Beit Hamikdash han sobrevivido, a diferencia del segundo, sobre el cual hay mucho registrado. Ambos consistieron en un alto, majestuoso, adornado y geométrico salón rodeado de patios y paredes de piedra. Las paredes exteriores formaban un rectángulo, dentro del cual estaban los patios y el salón (heijal) en el centro superior. Sus anchos patios ofrecían suficiente espacio para los millares de peregrinos que atendían a los servicios de las festividades de peregrinación,  tres veces al año (Pesaj, Shavuot y Sucot), un imponente altar en el cual miles de animales y aves eran traídos como ofrendas,  instalaciones de almacenaje y de personal para los centenares de Cohanim (sacerdotes) y Levim (quiénes asistían a los Cohanim)  en servicio. El salon (Heijal) contaba con, el pequeño altar de incienso, el estante ceremonial del pan, la Menorá, y el Santo de los Santos (Kodesh HaKodashím) — un pequeño cuarto cuadrado en la parte posterior del salón, separado por una cortina de paño de pared a pared, detrás de la cual estaba guardada el Arca del Pacto. El Santo de los Santos  era un espacio tan etéreo que las leyes de la física no eran aplicadas en sus límites. Solamente el Sumo Sacerdote (Cohen Gadol) entraba ahí, el hombre más santo, en Iom Kipur, el día más santo del año.

La importancia del Templo en la vida judía se refleja en el hecho de que muchas de las mitzvot están relacionados a él: ofrendas diarias y semanales, ofrendas de las festividades, ofrendas personales; voluntarias y obligatorias, tributos agrícolas, criterios para aceptar a Cohanim y Levitas en el servicio, rituales del templo, entre  positivas y negativas para todo el antedicho — estamos hablando de alrededor 180 mitzvot (de un total de 613).

¿Qué era (o es) el significado del Templo?

El templo de Hollywood

El problema con la palabra “templo” es que Indiana Jones se la apropió. Hoy en día, cada vez que mencione la palabra “templo,” te garantizo que imaginaras, selva, antorchas, jeroglíficos, oscuras entradas de piedra; selva, fuerzas supranaturales que aterrorizan y más selva. Y no te olvides de las ratas, de los cráneos, de las hogueras y de alguna momia ocasional. Y más selva.

El Templo Verdadero

Dejando de lado la selva del templo de Hollywood , vamos a ver la óptica de Di-s en cuanto al Templo:

Hoy en día, cuando deseas espiritualidad, buscas dentro de ti o alrededor tuyo, y vas a un rabino para que te ayude a reconocer lo que encontraste. La espiritualidad esta dondequiera que uno la busque. En otra época, no obstante, la espiritualidad era escasa esparcida un poco por aquí, un poco por allá, y estaba concentrada principalmente en un lugar físico. Cuando uno deseaba conectarse espiritualmente, podía ir  a ese lugar: el Templo. El Santo Templo era el lugar en donde la presencia de Di-s en el universo podría ser apreciada físicamente.

Cuando el templo estaba en pie, Di-s era real para todos. Para encontrarlo, solo había que viajar a Jerusalém y conectarse con él en su Templo. El Templo era un símbolo de Di-s: majestuoso, magnífico e imponente porque Di-s es majestuoso, magnífico e imponente. Era el lugar sagrado de Di-s y a todo lo que “Di-s” significa: responsabilidad, moralidad, ética, amor, compasión, humildad. Era un lugar en el que uno encontraba espiritualidad: los  Cohanim servían silenciosamente con un temor a Di-s más allá de palabras, los Leviím que cantaban  canciones del amor hacia Di-s, los peregrinos refinando su relación con Di-s, las maravillas, los sonidos.

No hacia falta  ser iehudí para ir al templo — reyes y campesinos de cualquier país y cultura viajaban largas distancias para experimentarlo--. El templo era la estructura más importante en la sociedad, ofreciendo estructura a la sociedad. Entonces fue destruido.

El templo final

Con la destrucción del Segundo Templo, Di-s cambió su modo de  interacción con el universo. Hasta la destrucción, el Templo era la ventana a Di-s; la espiritualidad tenía un hogar físico en Jerusalém.

Con destrucción, Di-s quitó temporalmente el templo de su localización geográfica y lo colocó dentro de nosotros. En vez de viajar a Jerusalém, Di-s quiso que lo encontráramos en nuestra Jerusalém interna. Ahora, nuestros cuerpos son nuestros templos, nuestras almas son nuestras ventanas, nuestras mentes son nuestro Cohanim y nuestros instintos animales son nuestros sacrificios. No podemos ofrecer los sacrificios tres veces por día, pero podemos rezar tres veces al día. No podemos atender a los servicios del templo tres veces diarias, sino que podemos golpear ligeramente en nuestras almas tres veces al día. No podemos lograr expiación para nuestros defectos sacrificando animales, sino que podemos sacrificar nuestros animales internos — nuestras hormonas, nuestras lujurias, nuestros deseos, nuestras atracciones animales. No podemos encontrar a Di-s en Jerusalém; debemos encontrarlo en nosotros.

Si los tiempos del templo era principalmente Di-s que bajaba hacia el mundo, en los tiempos del exilio somos nosotros los que debemos elevarnos, dentro de este mundo.

Éste es el plan maestro de Di-s. Primero, una abrasadora y dramática exposición y revelación de divinidad, tangible y palpable en la realidad diaria física. Después, él cambia esto por una experiencia interna, personal, privada, forzándonos a buscarlo hasta hallarlo, trayendo toda la creación  con nosotros. Juntas, las dos experiencias ponen la base para el tercero y ultimo Templo — una etapa que sintetizará ambas direcciones de la espiritualidad. Una era en la cual la presencia de Di-s en nuestros corazones y mentes y en el mundo físico se compenetrara para alcanzar una nueva realidad: la era de Mesiánica.